Abriéndose camino hasta la cimaCada día, en montes, parques naturales y espacios protegidos de toda España, la Autoridad Ambiental sostiene una tarea silenciosa y decisiva: proteger el patrimonio natural, prevenir incendios, investigar delitos ecológicos y garantizar que la ley se cumpla donde la naturaleza es más vulnerable. Esa responsabilidad no tiene género. Pero la estructura que la sostiene sí ha sido, durante décadas, mayoritariamente masculina.

Hoy, en el Día Internacional de la Mujer, no se trata de enfrentar, sino de completar. No se trata de desplazar a nadie, sino de ensanchar el camino. Cuidar el monte también es cosa de mujeres. Y el monte necesita más mujeres, también, y especialmente, en los puestos donde se decide.

En España hay alrededor de 6.000 agentes forestales y medioambientales en activo. Las mujeres no alcanzan el 10 %. La cifra es aún menor cuando hablamos de jefaturas, coordinaciones o direcciones técnicas. No es una cuestión de capacidad: las funciones son idénticas, la exigencia es la misma, la autoridad es la misma. Es una cuestión de acceso real a las oportunidades de liderazgo.

Durante años, ni siquiera fue posible intentarlo. Las oposiciones incluían requisitos que excluían de facto a las mujeres. La historia cambió gracias a pioneras como Carmen Orellana Illescas, cuya lucha permitió eliminar barreras legales que hoy nos parecerían inaceptables. Su paso no fue simbólico: fue estructural. Abrió la puerta para que otras pudieran cruzarla.

También encontramos referentes históricos que, desde otros ámbitos, defendieron la gestión responsable del territorio y el ejercicio del poder femenino en contextos adversos, como María Martínez, que se encuentra actualmente en Bruselas trabajando en la Secretaría de la Conferencia Sectorial de Medio Ambiente del Estado, demostrando que determinados puestos no depende del sexo, sino de la preparación y la determinación.

Pero no todas las historias han tenido el mismo recorrido.

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Laura (nombre ficticio, historia real) ingresó en el cuerpo hace más de veinte años. Ha coordinado incendios, ha liderado dispositivos complejos y ha formado a nuevas promociones. Sin embargo, cuando optó a una jefatura comarcal, escuchó que “era un puesto muy duro” y que quizá no era el momento adecuado. El cargo fue para un compañero con menor antigüedad. Nadie puso en duda su competencia de forma explícita. Simplemente, no fue la elegida. No por falta de mérito acreditado, sino por inercias que todavía pesan.

Frente a esa experiencia, Marta (también nombre ficticio) sí logró acceder a un puesto de coordinación tras un proceso transparente y competitivo. Hoy dirige un equipo diverso, con hombres y mujeres, y lo hace desde la exigencia profesional y el respeto mutuo. Su liderazgo no ha restado espacio a nadie: ha sumado eficacia y cohesión.

Estos ejemplos no hablan de confrontación. Hablan de contexto.

Reivindicar más mujeres en el ámbito forestal no implica cuestionar el trabajo de los hombres que han sostenido históricamente el servicio. Implica reconocer que el talento no puede seguir perdiéndose por falta de referentes, por techos invisibles o por dinámicas que frenan trayectorias. La igualdad real no consiste en imponer cuotas, sino en garantizar que el mérito y la capacidad encuentren el mismo recorrido para todos.

Necesitamos más mujeres patrullando montes, investigando incendios, firmando actas, dirigiendo

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operativos. Y necesitamos más mujeres en las mesas donde se planifican estrategias, se distribuyen recursos y se toman decisiones estructurales. No por equilibrio estadístico, sino por justicia profesional y por eficacia institucional.

El siglo XXI exige instituciones que reflejen la sociedad a la que sirven. La protección ambiental requiere diversidad de perspectivas, rigor técnico y liderazgo sólido. Nada de eso es patrimonio exclusivo de un género.

Este 8 de marzo no se grita contra nadie. Se grita a favor de algo muy concreto: acceso real, promoción transparente y responsabilidad compartida. Y que cuando una mujer alcanza un puesto de alto nivel por su mérito, no ocupa el lugar de otro: ocupa el lugar que le corresponde.

Porque el bosque del futuro se cuidará mejor cuando todas las capacidades, hombre y mujeres, puedan crecer sin límites.

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